Economía

¿No hay bebés? La culpa es del capitalismo

Cuando la búsqueda de las ganancias se impone sobre cualquier otra consideración, la baja de las tasas de natalidad es un mero daño colateral. (Anke Thomass / ullstein bild vía Getty Images)

KRISTEN R. GHODSEE

TRADUCCIÓN: BELÉN SAIZAR

Los analistas atribuyen las tasas de fecundidad bajas a todo tipo de factores, desde el feminismo hasta los teléfonos inteligentes. Pero ignoran el más evidente: el capitalismo, un sistema económico que se basa en la autonomía individual y el puro interés propio, cuyos incentivos van en contra de la crianza de hijos.

Ya no es solo un problema del norte industrializado: las tasas de natalidad están disminuyendo para todos, en todas partes, al mismo tiempo. En su pánico por las consecuencias de que la fecundidad sea inferior al nivel de reemplazo y en busca de un culpable, los analistas del mundo hallan un amplio espectro de sospechosos.

En un artículo de abril de 2025 publicado en la revista católica conservadora First Things Magazine, titulado «Feminism Against Fertility» (El feminismo contra la fecundidad), Darel E. Paul culpa por la baja en la tasa de fecundidad en Occidente a las mujeres jóvenes que no quieren tener hijos porque «tienen prioridades más importantes o simplemente les gusta estar solteras». En un ensayo de invitado del 7 de mayo de 2026 escrito para el New York Times, la perspicaz Anna Louie Sussman culpa por la disminución de la natalidad a la ansiedad generalizada sobre un futuro incierto. Poco después, un artículo en el Financial Times citó un estudio de la Universidad de Cincinnati para plantear que la irrupción de los teléfonos inteligentes carga con la mayor responsabilidad por el descenso reciente en conexiones románticas entre los jóvenes (y por lo tanto en la fecundidad) a nivel mundial.

La semana pasada, Derek Thompson señaló en el Atlantic que «las tasas de natalidad han estado disminuyendo en los países desarrollados por mucho tiempo, a la par que ha disminuido la mortandad infantil, aumentado la educación de las mujeres, se ha disparado la participación de las mujeres en la fuerza de trabajo, se ha propagado el uso de métodos anticonceptivos, y las concepciones modernas del feminismo han empoderado a las mujeres para que puedan tomar mayor control sobre sus cuerpos y sus futuros económicos». También mencionó los celulares, la crisis habitacional, el internet y la caída de la socialización en persona. Pero, como tantos otros analistas, Thompson omitió el elemento obvio que une todos esos factores distintos: el capitalismo.

El capitalismo nos parece tan inevitable que a veces no notamos su poder de explicación. En este caso, está justo delante de nuestras narices. Las estructuras de incentivos del capitalismo son opuestas a las de criar hijos, y a medida que las lógicas de mercado se impregnan más profundamente en cada aspecto de nuestra sociedad, la apuesta por tener bebés tiene cada vez menos sentido como negocio.

Un contrato que no se puede romper

El capitalismo está hecho de contratos. Sus primeros defensores intelectuales argumentaban que los intercambios voluntarios hacen que la economía crezca y las personas se hagan ricas, y que volverse rico es un proyecto valioso que resulta en un beneficio para todos. El sujeto capitalista iluminado, en busca de su propio interés, entra libremente en relaciones contractuales para intercambiar trabajo por salarios o bienes por ganancias. Este régimen incentiva que todo el mundo trabaje, innove y cree, acumulando riqueza que beneficia a los individuos e impulsando el progreso que beneficia a la sociedad en su conjunto. Como escribió Adam Smith, «No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés. Nos dirigimos no a su humanidad sino a su amor propio, y jamás les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas».

Pero en un mundo donde todas las relaciones sociales se ven como un contrato entre partes que priorizan su propio interés y buscan aumentar sus ventajas, formar una familia no tiene sentido. Tener hijos siempre es un compromiso caro, con frecuencia agotador, que suele requerir mucho tiempo y dura como mínimo dieciocho años, hacia otro ser humano que ni siquiera conocemos. En una economía en constante aceleración que casi no ofrece seguridad, en la que hasta las necesidades básicas como la vivienda y la atención médica decente no están garantizadas, entrar en un vínculo legal de dos décadas para cuidar y apoyar a un hijo requiere un increíble acto de fe.

Los contratos legales se pueden anular, las deudas repudiarse, los cónyuges divorciarse y los vínculos de familia y amistad ignorarse o disolverse. Pero en la mayoría de los países el abandono de menores sigue siendo un acto criminal, como reconocimiento de la exclusividad del vínculo entre padres e hijos y la vulnerabilidad particular de los niños al daño de la negligencia. La decisión de tener un hijo les confiere responsabilidades legalmente exigibles a los padres sin importar cuánto cambien sus circunstancias personales. En Alemania, donde estoy viviendo ahora, la sección 221 del Código Penal castiga a la persona que abandona a su hijo con entre uno y diez años de prisión.

Tener un hijo es, entonces, entrar en un contrato únicamente indisoluble, quizás uno de los últimos de este tipo que quedan bajo el capitalismo. En un sistema económico basado en el derecho a entrar y salir libremente de las relaciones en cualquier momento según el beneficio percibido, que recompensa la búsqueda del interés propio y la competencia, tener un hijo presenta un elemento de riesgo y restricción único.

No sorprende, entonces, que menos jóvenes se ofrezcan a criar hijos. Tampoco es difícil entender la prevalencia del arrepentimiento. Cuando en una encuesta de YouGov de 2016 se les preguntó a 2 045 personas con hijos si, de poder reconsiderar la decisión, preferirían vivir sus vidas sin hijos, uno de cada cinco encuestados respondió que sí. Gran parte de esta sensación venía de una percibida falta de apoyo para las familias con hijos pequeños: el 64 % aseguró que los servicios de cuidado de niños que se ofrecen en Alemania no son suficientes. Cuando se les preguntó si les parecía que habrían tenido más éxito profesional de no haber tenido hijos, el 20 % de los padres y el 44 % de las madres asintieron.

En los Estados Unidos, la mayoría de personas de menos de cincuenta años que dice que es poco probable que tenga hijos afirma que un motivo importante es que «simplemente no quieren». Ese número es considerablemente más alto entre las mujeres encuestadas que entre los hombres. Sobre por qué no quieren, los encuestados indicaron temer que ser padres, y en particular ser madres, daría vuelta sus vidas.

Ese temor no es infundado. Tener hijos puede hundir cualquier sueño o aspiración personal bajo un imperativo cambiante pero siempre presente de hacer todo lo posible para asegurar que tengan éxito. Bajo el capitalismo, criar hijos es un deporte de contacto: cualquier beneficio o privilegio que alguien obtenga para su propio hijo es a menudo uno que los demás padres pierden para los suyos. En otras palabras, como padre o madre no podrás decidir no participar de la competencia; solo estarás compitiendo bajo la limitación especial de un contrato inquebrantable, como si lucharas con una mano atada a la espalda. Para muchas personas, en especial las mujeres, sobre quienes recae la mayor parte del peso y la culpa, ese no es un panorama particularmente atractivo.

Los bebés y el Muro de Berlín

Aunque la tasa de fecundidad aumenta y disminuye como respuesta a una amplia variedad de factores, la rápida disminución reciente de bebés creados ocurre en una era en la que el capitalismo global ha triunfado y hay pocas alternativas que desafíen su hegemonía. Para comprender el efecto de la competencia de libre mercado en la fecundidad, podemos aprender echando una mirada al pasado, y a lo que los expertos de las ciencias sociales llaman «experimentos naturales». En este caso, la división de Alemania después de la segunda guerra mundial en dos Estados separados con sistemas económicos opuestos sirve como ilustración.

Después de 1945, los dos Estados alemanes derrotados tomaron caminos casi opuestos en su campaña hacia la repoblación rápida. Los líderes de la Alemania Occidental creían que las familias nucleares monogámicas tradicionales, con una rígida división del trabajo entre hombre proveedor y mujer ama de casa, aumentarían la tasa de natalidad. Restringiendo a las mujeres a «los niños, la cocina y la iglesia», los líderes esperaban reconstruir su economía capitalista asegurándose de que todo el trabajo reproductivo necesario se quedara seguro en la esfera de lo privado. En el Este, las autoridades decidieron socializar el trabajo tradicional de las mujeres tanto como fuera posible, lo que requirió el establecimiento de una serie de instituciones nuevas que apoyaran a las madres con hijos pequeños, y liberó a las mujeres jóvenes para que pudieran buscar oportunidades educativas y de entrenamiento profesional y obtener puestos en la economía formal.

En la República Democrática Alemana (RDA), ser madre, incluso a una edad temprana, no impedía tener otras oportunidades de vida, debido al apoyo consistente del Estado y la comunidad. El gobierno de la Alemania Oriental se propuso crear un nuevo conjunto de ideales sociales en los que el rol de «madre» no fuera una identidad única y absoluta, sino un aspecto más de la personalidad de una mujer, y uno que no la volvía económicamente dependiente de un hombre. En un caso típico de cismogénesis, la maternidad más tradicional fue enaltecida en el Oeste; los caminos a la maternidad menos tradicionales proliferaron en el Este.

Aunque ambos gobiernos animaban a las mujeres a ser madres, las mujeres de la Alemania del Este tuvieron acceso al aborto en el primer trimestre desde 1972, así como acceso fácil a anticonceptivos hormonales confiables subsidiados por el Estado. La excelente educación sexual prevenía los embarazos no deseados. Cuando las mujeres decidían ser madres, gozaban de licencias por maternidad generosas que protegían sus trabajos, seguidas de plazas garantizadas en guarderías y jardines de infantes de calidad decente. Ya que las mujeres de Alemania Oriental tenían trabajos de tiempo completo y ganaban sus propios ingresos independientes, tenían menos dependencia económica de sus parejas y podían asumir la maternidad sin casarse. Redes informales de abuelas, tías, hermanas mayores, vecinas, colegas y amigas contribuían para apoyar a las madres primerizas, además de las prestaciones formales que recibían del Estado.

Como resultado, la Alemania Oriental tenía una tasa mucho más alta de madres solteras que la Occidental. Al ser completamente normal que una madre de niños pequeños tuviera su propia carrera, no se hacían acusaciones insidiosas de ser una «Rabenmutter» (literalmente «madre cuervo», que significa «madre negligente» en alemán) que atormentaran a aquellas que volvían al trabajo después de un año de quedarse en casa.

Lo que es más importante, ser madre no se consideraba la gran cosa, sino una parte normal de la vida que se debía aceptar con tanta gracia y buen humor como fuera posible. Aunque las mujeres de Alemania del Este a menudo trabajaban bajo la infame doble carga, en la que las preocupaciones domésticas recaían desproporcionalmente sobre sus hombros, la maternidad era una experiencia casi universal, con edades de primer parto más tempranas y una tasa de mujeres sin hijos mucho más baja. A pesar de la educación y alta participación en la fuerza de trabajo de las mujeres, y a pesar del acceso fácil al aborto, la educación sexual y los anticonceptivos, la fecundidad total a lo largo de la vida de las mujeres de Alemania del Este siguió siendo un poco más alta que la de las mujeres del Oeste hasta la reunificación.

Después de la reunificación, la tasa de natalidad se derrumbó cuando las mujeres iniciaron lo que se llamó un «paro de vientres» contra la transformación económica repentina que desmanteló gran parte de la base industrial de Alemania Oriental. En el período inmediatamente posterior a 1990, la tasa global de fecundidad (TGF) cayó en un 60 % a un mínimo histórico de 0.8 en 1992 (siendo 2.1 la tasa necesaria para mantener el reemplazo básico de la población). Cuando el desempleo se disparó, los nuevos líderes de la Alemania reunificada dieron por sentado que las mujeres de Alemania Oriental volverían felices a los placeres de la maternidad si se las liberaba de la obligación socialista de trabajar. En cambio, esas mujeres migraron hacia el oeste en busca de nuevas oportunidades profesionales en una economía capitalista que era hostil a las madres que trabajaban. Su forma de superar la expectativa social de que las mujeres con hijos pequeños debían quedarse en sus casas fue no tenerlos.

Cuando la médica Ursula von der Leyen se convirtió en ministra de Asuntos Familiares de Alemania en 2006, dijo: «La pregunta no es si las mujeres van a trabajar o no. Van a trabajar. La pregunta es si van a tener hijos».

Para 2008, la tasa de natalidad del este se había recuperado y quedado a la par de la TGF relativamente baja del oeste de 1.4, pero con fascinantes diferencias subyacentes en el patrón de la fecundidad. Un estudio de 2010 publicado en la revista Journal of Population Economics halló que los alemanes del este aún tenían mayores probabilidades de manifestar «actitudes mucho más igualitarias o no tradicionales sobre los roles de género que sus contrapartes occidentales», y que eso tenía una relación de causalidad con las metas y medidas emancipadoras de su pasado socialista en común.

Incluso más de treinta y cinco años después de la reunificación, sigue habiendo diferencias significativas en los patrones de fecundidad de los alemanes del este y el oeste. En el este, la fecundidad es baja debido a que la mayoría de las mujeres tienen un solo hijo. En el oeste, la fecundidad es baja porque algunas mujeres tienen varios hijos, mientras que un porcentaje significativo no tiene ninguno. A las mujeres educadas del este les sigue resultando más fácil combinar el trabajo y la maternidad en comparación con las del oeste, quienes sienten que deben sacrificar sus aspiraciones familiares a cambio de sus carreras.

Los investigadores Uwe Jirjahn y Cornelia Struewing hallaron que estas diferencias no están tan relacionadas con factores económicos o la disponibilidad relativa de guarderías, sino más bien con diferencias en los ideales culturales sobre los requisitos para la maternidad. Lo más significativo era que las mujeres solteras en el este de Alemania tenían más probabilidades de dar a luz a un hijo sin estar en pareja. Esa conclusión era válida para los embarazos planificados y los no planificados. A pesar de la facilidad de acceso al aborto, las mujeres del este de Alemania se sentían menos obligadas a estar en una relación estable antes de tener un bebé. Y si se quedaban embarazadas por error, las consecuencias económicas simplemente no eran tan catastróficas como en el oeste.

El microcenso alemán de 2022 brindó más explicaciones sobre las diferencias entre las tasas de mujeres sin hijos en el este y el oeste. En el microcenso, se midió la descendencia final de las mujeres nacidas entre 1973 y 1977 según el mayor nivel de calificación profesional que habían obtenido. Para las mujeres sin una calificación profesional, la tasa de mujeres sin hijos es la misma, aproximadamente 13 %, en el este y el oeste de Alemania, y 14 % en las tres ciudades-Estado de Berlín, Hamburgo y Bremen. Entre las mujeres de Alemania del este con una calificación profesional no académica, solo el 15 % no tenían hijos (excluyendo Berlín), comparado con el 22 % de las mujeres de Alemania del oeste (excluyendo Hamburgo y Bremen). Para las potenciales madres con una calificación profesional académica, el 17 % de las mujeres del este no tenían hijos, comparado con el 23 % de las mujeres del oeste. En las tres grandes ciudades (dos completamente en el oeste y una históricamente dividida entre este y oeste), la tasa de mujeres sin hijos era del 27 % entre las mujeres con una calificación profesional no académica y del 29 % para aquellas con una calificación académica, lo que significa que casi un tercio de las mujeres urbanas trabajadoras no tenían hijos.

Se necesita una aldea (socialista) para criar un hijo

Hace unos meses, cuando compartí mi investigación con una colega del este de Alemania quien, como yo, tiene una hija de poco más de veinte años, no pareció sorprenderle que la tasa de mujeres sin hijos fuera tanto más baja en la antigua Alemania Oriental.

«Tener un hijo nunca fue una tragedia en el este. Sigue sin serlo», dijo. «Las madres de las amigas occidentales de mi hija siempre les dicen: “Sí, puedes tener sexo si quieres, pero hagas lo que hagas no te quedes embarazada”. Para ellas, quedarse embarazadas sería un desastre. Una mamá oriental le dice a su hija: “Sí, ten sexo si quieres”. Nunca decimos la segunda parte. Nuestras hijas saben lo que hacen, y si se quedan embarazadas, ¿qué importa? Nos las arreglaremos. Pero para una mamá del oeste, es una catástrofe. Les da tanta vergüenza. Para nosotras, no es la gran cosa. Sabemos que nos las podemos arreglar juntas».

Para quienes se criaron en la antigua Alemania Oriental, la vida de una mujer joven no quedaba irremediablemente alterada con el nacimiento de un hijo porque ser madre se consideraba un esfuerzo cooperativo en vez de competitivo. Antes de 1989, la mentalidad contractual que caracteriza las relaciones sociales capitalistas estaba atenuada por la red de seguridad social robusta provista a las madres. No se esperaba que las madres fueran e hicieran todo por sus hijos. No solo porque tenían guarderías confiables, sino porque las políticas socialistas garantizaban un nivel de vida mínimo para todos los niños, tuvieran familias perfectas o no. Como ya argumenté en otra ocasión, las responsabilidades de la maternidad eran más livianas porque eran compartidas. Podían emerger familias de otros incentivos además del interés propio.

Al final, todas las discusiones sobre la caída en la tasa de fecundidad son también discusiones sobre la incompatibilidad de los ideales capitalistas del interés propio y la acumulación de riqueza personal con cualquier proyecto cooperativo que requiera un compromiso a largo plazo. Cuando la búsqueda de las ganancias triunfa sobre cualquier otra consideración, la caída en la tasa de natalidad es un mero daño colateral, una externalidad negativa de las tecnologías y actitudes individualistas que incentivan a las personas a maximizar la utilidad y pulir sus marcas personales. Hasta las madres influencers de las redes sociales están ganando dinero con la celebración pública de los placeres de la maternidad. Los hijos son solo accesorios en su lucrativo negocio.

En sociedades en las que el valor personal está ligado a la capacidad de ganar dinero, donde la tasa de remuneración se determina según las caprichosas fluctuaciones de la oferta y la demanda, los trabajadores con responsabilidades de cuidados siempre estarán en desventaja. En nuestra economía brutalmente desigual, donde los empleados potenciales más atractivos son los que tienen menos cargas, tener un hijo es equivalente a atarse a un yunque cuando todos a tu alrededor están calibrando su cohete.

Por parafrasear a Adam Smith: «No es por la benevolencia de las esposas tradicionales que podemos contar con nuestros bebés, sino por su propio interés. Nos dirigimos no a su humanidad sino a su amor propio, y jamás les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas». ¿De verdad es tan chocante que esté cayendo la fecundidad bajo el capitalismo?