Opinión

Vivir como un expresidente por Rafael Peralta Romero

Voces y ecos

RAFAEL PERALTA ROMERO
rafaelperaltar@gmail.com

Especial para Quisqueyaseralibre.com

Cuando de privilegio se trata, hay que hablar de los
expresidentes de la República. ¿Usted ha visto seres más
venturosos? Un expresidente tiene su vida resuelta, el
Gobierno le paga una pensión por los servicios -buenos o
malos- que prestó alguna vez como jefe de Estado. Nada
tiene que hacer, de nada tiene que preocuparse.
Como le sobra tiempo, podemos suponer que el día se le
torna largo y tedioso. ¿Dónde ir? ¿Qué hacer? A un
expresidente no le encargan recoger los nietos en el
colegio ni llevarlos a una práctica deportiva o artística.
Pero, por ellos no es preciso lamentarse, lo tienen todo
seguro, incluso compañía.
Lo cierto es que el cansancio de no hacer nada provoca
que el expresidente se anime a intervenir en la política.
Quizá no sepa hacer otra cosa. Entonces, interrumpe su
descansada vida y penetra en el mundanal ruido y así se
incorpora a ejecutar instrumentos ruidosos. Y sus
colaboradores encuentran que eso es bueno.
El expresidente quiere entonces dirigir de nuevo el Estado.
Como nada tiene que hacer, le resulta fácil, cada mañana,
inventar soluciones a viejos problemas públicos, incluso
problemas existentes durante su gestión al frente del Poder
Ejecutivo. Quizá aquella vez no los vio, pero como ahora
tiene experiencia y mucho tiempo…Ya usted sabe.

Para un expresidente todo es más fácil, no solo por los
fondos y facilidades que recibe, sino porque puede ofrecer
lo que se le ocurra sin compromiso de hacer nada. En
adición, la gente le guarda algún respeto y en actos
públicos es de rigor acomodarlo en sitio preferencial. Él
siente que lo merece.
En el ámbito diplomático se le suele comparar con un jarrón
chino. Este atractivo objeto, por lo común, lleva bella
decoración, y como es de porcelana resulta frágil y muchas
veces se dificulta dónde colocarlo. Ocurre con el
expresidente que el protocolo oficial no siempre sabe
dónde sentarlo.
Hipólito Mejía, precisamente un expresidente, con más
vocación para la filosofía popular que para la diplomacia,
compara al expresidente con un toro castrado -él dice otra
palabra sinónima. Observa que el macho vacuno castrado,
aunque mire a una hembra en celo, nada puede hacer.
De todos modos, el expresidente tiene mayor suerte que un
toro impedido de su poder viril. Es un ser privilegiado en un
país donde tanta gente carece de empleo y seguridad
social. El expresidente es asalariado perpetuo, pero no
empleado. Para él no hay mal tiempo, vivir como un
expresidente es una gran tentación…
El otro gran privilegio es que para llegar a esa posición hay
un prerrequisito insoslayable y muy difícil de superar.
Ciertamente, cualquiera aceptaría ser un expresidente,
pero ese requisito desanima a los sensatos. Los sensatos
solemos ser tímidos, prudentes, moderados y ponemos
límites a nuestras aspiraciones.
Para hacerle más llevadera su existencia y alimentar su
ego, la coreografía del expresidente lo llama “presidente”.

Y él ve que eso es bueno. Así le surgen muchas soluciones
para los problemas nacionales y rompe la quietud de su
vida descansada para anunciarlas. Nada hay más dulce y
reconfortante que ser un expresidente.