
Por A.O
Ha sido difícil sonreír después del 10 de agosto. Se siente cierta culpa cuando se escapa alguna risa en medio del trabajo voluntario, porque algún compañero o compañera hizo una broma o contó un chiste. Se siente cierta culpa —que más bien es dolor— porque mientras nos reímos, aunque sea por un minuto, a pocos metros de distancia hay personas que lo perdieron todo, su casa, su trabajo… o incluso su propia vida o la de un ser querido. Ha sido difícil atravesar estos días en medio del dolor colectivo, de la tragedia masiva. Pero, a pesar de todo, nos impulsa que sentimos un amor genuino por el pueblo. Y digo que «sentimos» porque no estoy solo, y no estaré solo mientras nos tengamos como clase obrera, como hermanas y hermanos de clase.
El hecho de ver, pocos días después, bajo escombros los cuerpos inertes de personas que fueron hijos, madres, padres, tíos, compañeros de trabajo, viejos amigos de vida, amores de otro tiempo, prometidas o prometidos, esposos… no sé si es algo que se supere alguna vez, o más bien espero que nunca se supere como suelen superarse muchas veces las cosas en esta sociedad capitalista podrida: con el olvido. Me resisto a eso, y creo que como clase debemos cerrar filas en evitar a toda costa que olvidemos lo que nos ocurrió. Debemos oponernos a la aceleración de la «reconstrucción», que es la reconstrucción del flujo del dinero que no es nuestro, porque ya lo debemos. Es que cuando hablan de reconstrucción no se refieren a reconstruir nuestras vidas, ni siquiera los pequeños negocios familiares, sino que están pensando en las licitaciones y los contratos con las grandes constructoras que, casualmente, son propiedad de quienes menos sufrieron esta calamidad. Porque sí, los fenómenos son naturales, pero los desastres son de clase. ¿O es que el burgués que se quedó sin su casa en el barrio Pinares o Álamos, pero tiene otras casas en Cerritos, es igual a la obrera madre cabeza de hogar cuya casa familiar quedó en ruinas y le costó 40 años de duro trabajo pagarla? ¿O qué pasa con la familia obrera que no tiene casa propia, o que vive en una «invasión»?

Después de dos semanas veo que no todo es malo, o al menos como obrero y comunista intento encontrar lo positivo dentro de esta situación de mierda, porque lo hay, están las ollas comunitarias que alimentan batallones proletarios, el trabajo abnegado y sin descanso de voluntarias y voluntarios en los centros de acopio autosostenidos —más eficientes y organizados que los oficiales, aunque con muchos menos recursos—, en la remoción de escombros que permitió encontrar vidas humanas y animales o que les dio el cierre a tantas familias que pueden despedir a sus seres queridos, pero también la clase obrera organizada y consciente que puso a disposición sus sedes sindicales para recolectar y distribuir ayudas humanitarias. Todas estas son muestras de que solo el Pueblo salva al Pueblo, quizás la mejor y mayor lección que nos queda.
Particularmente puedo decir que viví una experiencia hermosa el día posterior al terremoto y que, mientras escribo esto, me conmueve por completo. Me encontraba junto con compañeras y compañeros entregando ayudas humanitarias en el barrio Los Guamos, cuando terminábamos con los últimos mercados y kit de aseo, se me acercó un niño de no más de 8 años. Allí, el chico me jaló la camiseta roja con sus pequeñas manos y, mientras señalaba el estampado en mi pecho, me preguntó con voz tímida y algo cansada quiénes eran esos señores de mi «camisa».
Para mayor claridad, es necesario explicarle a quien lee, que la camiseta roja contenía un estampado de los cinco maestros del proletariado, así:

Para responderle a aquel chico, le pedí que se sentara conmigo en un andén cercano. Una vez sentados, su intriga era cada vez mayor, y empezó a hacerme preguntas en ráfaga sobre los rostros de mi camiseta: ¿Son presidentes? ¿Son amigos? ¿Son políticos? ¿Son de la Iglesia? Le respondí que no eran de la Iglesia, que sí fueron políticos y que uno sí fue presidente de China, y todos amigos definitivamente, luego agregué detalles fáciles de recordar, aunque no del todo precisos, pero entendibles. —Estos señores se preocuparon mucho por conocer y cambiar la forma en que vive el pueblo, y escribieron e hicieron muchas cosas por la gente, con la gente. Se llaman Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao. Los dos primeros eran alemanes, los otros dos eran rusos y el último era chino, mi favorito— le dije. El muchachito no salía de su asombro, y en silencio sonriente miraba mi camiseta como si fuera una obra de arte muy valiosa, lo que me causó mucha ternura comprendiendo que su barrio había quedado destruido, pero que por un momento pudo pensar en otra cosa, aprender otra cosa. Instantes después, pasaron sus amigos y se fue corriendo con ellos.
Apenas había pasado un día del horror, y este breve momento con este niño curioso fue suficiente para recordar por qué es que hay que luchar por un mundo no solo mejor, sino radicalmente distinto. Asumí como un mantra cotidiano que solo el Pueblo salva el Pueblo, y que solo el verdadero Partido y la revolución socialista nos darán las herramientas para que nuestra clase, como la que todo lo produce y todo lo construye, sea la que todo lo dirija. Sin depender más de las voluntades de los ricos megalómanos ni de su filantropía —que son migajas—.
En los días posteriores, pude trabajar casi sin descanso con la convicción intacta de quien sirve con un amor profundo por su pueblo, aun con todas las trabas que ponen los reaccionarios y los enemigos del pueblo, incluso criminalizando —como el alcalde de Pereira— a quienes recibían ayudas o comían en las ollas comunitarias pese a que no se les había caído su casa, como si el ladrillo o el concreto intacto se pudiera comer o si una casa intacta reemplazara el desempleo al que fue arrojado buena parte del proletariado local y regional en los últimos días y —ni hablemos de balones, regalo del presidentucho—. En medio de este ambiente solidario, incluso, conocí casos de compañeras y compañeros de clase que manifiestan que jamás habían comido tanto y tan bien como estos días. Por esto y mucho más, sigo convencido de servir al pueblo de todo corazón, porque como decía el maestro Mao Tse-Tung: «Morir por los intereses del pueblo tiene más peso que la montaña Taishan; servir a los fascistas y morir por los que explotan y oprimen al pueblo tiene menos peso que una pluma».

