Socrates Suazo
La Guerra Restauradora como epopeya de la defensa nacional dominicana.
Señoras y señores:
Hay hechos que pertenecen a la historia. Y hay otros que, por la profundidad de lo que significan, terminan perteneciendo, para siempre, al alma de una nación. La Guerra de la Restauración pertenece a esa segunda categoría.
La Restauración no fue solamente una guerra contra España. Fue el momento en que una tradición secular de resistencia, de defensa del territorio, de afirmación de la libertad y de voluntad de soberanía, alcanzó una de sus expresiones más extraordinarias.
La Restauración no nació en Capotillo. Capotillo fue el grito que hizo visible una rebeldía que venía de lejos.Venía de los pueblos originarios que aprendieron a resistir. Venía de los cimarrones que hicieron de la montaña territorio de libertad. Venía de los manieles y los palenques, donde hombres y mujeres organizaron comunidades para defenderse.
Venía de las Cincuentenas, aquellos grupos de hombres a caballo que, desde el siglo XVII, participaron en la defensa organizada del territorio y expresaron una idea que atravesaría nuestra historia: cuando la tierra propia está en peligro, el ciudadano se convierte en combatiente.Y esa tradición fue adquiriendo, con el paso del tiempo, una dimensión superior.
Ya no se trataba solo de defender la tierra. Había que defender la nación. Y entonces apareció Duarte. Duarte convirtió la experiencia de resistencia en pensamiento político. Le dio nombre, propósito y destino. La defensa del territorio se transformó en defensa de la soberanía. La libertad dejó de ser solamente una aspiración y se convirtió en principio.
Una República libre e independiente de toda potencia extranjera. Ese fue el núcleo esencial del pensamiento trinitario. Por eso, la Restauración no puede entenderse como un episodio separado de 1844. Es la prolongación histórica de aquel mismo principio: Duarte piensa la independencia. Sánchez la defiende. Mella la arma. Los restauradores la recuperan.
Una misma nación. Una misma bandera. Una misma voluntad de libertad. Una misma conciencia nacional que, generación tras generación, se niega a aceptar que la soberanía pueda ser entregada, negociada o sustituida por la voluntad de una potencia extranjera.
Por eso, cuando en 1861 se arrió la bandera dominicana y se izó la bandera española, no se estaba simplemente cambiando un símbolo. Se estaba intentando arriar una idea. La idea de República. La idea de soberanía. La idea de que este pueblo tenía derecho a decidir su propio destino. Y un pueblo puede soportar muchas derrotas.Pero hay derrotas que no acepta. La Anexión fue una de ellas.
La resistencia comenzó entonces. Primero como inconformidad. Después como conspiración. Luego como rebelión. Hasta convertirse en guerra. El Grito de Capotillo, el 16 de agosto de 1863, no fue el nacimiento de la conciencia restauradora. Fue la explosión pública de una conciencia que llevaba dos años resistiendo.
La guerra había comenzado a gestarse desde el momento mismo en que la República fue anexada. Y aquí aparece la característica fundamental de aquella epopeya: la Restauración fue una guerra popular.
No fue solamente una guerra de generales. No fue solamente una guerra de oficiales. No fue solamente una guerra de soldados. Fue una guerra de pueblo.
España tenía un ejército profesional. Tenía disciplina.Tenía artillería. Tenía armas modernas para su tiempo.Tenía la estructura y los recursos de una potencia imperial.
Los dominicanos tenían menos armas. Menos recursos.Menos medios. Pero tenían algo que ninguna potencia puede fabricar desde un cuartel: tenían un pueblo dispuesto a defender su libertad.
Campesinos. Jornaleros. Comerciantes. Artesanos.Jóvenes. Hombres y mujeres que llevaban alimentos, transportaban municiones, escondían combatientes, curaban heridos, transmitían información, vigilaban caminos, protegían comunidades. Un pueblo entero convertido en infraestructura de la guerra. Un pueblo entero convertido en ejército.
Aquí está una de las grandes verdades de la Restauración: el pueblo no esperó a convertirse en ejército para defender la República. Se convirtió en ejército porque la República estaba en peligro. Y ese ejército popular comprendió algo que constituye una de las grandes lecciones estratégicas de nuestra historia:
Cuando no se puede vencer al enemigo en sus condiciones, hay que obligarlo a combatir en las propias.Cuando no se tiene superioridad de fuego, se puede tener superioridad de territorio. Cuando no se dispone de grandes formaciones militares, se puede convertir la movilidad en arma. Cuando no se puede destruir al adversario en una sola batalla, se puede desgastarlo hasta hacer insoportable su permanencia.
La Restauración convirtió el territorio en arma. La montaña en refugio. El camino en trampa. El machete en símbolo. La movilidad en estrategia. Y la voluntad popular en fuerza militar. Por eso, aquella guerra terminó demostrando una verdad extraordinaria: un territorio puede ser ocupado sin ser conquistado; un pueblo puede ser sometido temporalmente sin ser vencido.
LUPERON, UNA ESPADA CON FILO DE PATRIA Y CORAZÓN DE PUEBLO
En ese escenario que acabamos de describir, es donde emerge la figura de Gregorio Luperón. No antes. Porque si colocamos primero al héroe y después al pueblo, corremos el riesgo de contar una historia equivocada.Podríamos terminar creyendo que Luperón hizo la Restauración. Y no. La Restauración hizo a Luperón.
Luperón fue hechura de aquella guerra. Fue producto de aquella circunstancia histórica. Fue expresión de aquel pueblo. Fue hijo de aquella rebelión. Fue resultado de aquella necesidad colectiva de recuperar la República.
Gregorio Luperón nació en 1839, en Puerto Plata, en un ambiente humilde. No procedía de las grandes élites del poder. No llegó a la guerra revestido de una autoridad heredada. No recibió de la historia un ejército. La historia le dio algo diferente: una patria en peligro. Y él respondió.
Luperón se incorporó al movimiento restaurador desde sus inicios, movido por ideales nacionalistas. Y en los combates de la Línea Noroeste comenzó a revelar sus extraordinarias condiciones de combatiente y de líder. La guerra lo fue formando. El pueblo lo fue reconociendo. El campo de batalla lo fue elevando.
Y aquel joven de origen humilde fue convirtiéndose, en medio de la lucha, en uno de los grandes jefes militares de la Restauración. Pero aquí quisiera formular una idea que considero esencial para comprender a Luperón: las grandes gestas nacionales no las hacen los comandantes conduciendo al pueblo. Las hacen, muchas veces, los pueblos catapultando con su sacrificio, su resistencia y su determinación, a sus grandes comandantes.
El héroe no aparece suspendido sobre la historia. El héroe emerge de ella. El comandante no inventa la voluntad de un pueblo. La encarna. El general no crea la fuerza de la nación. La concentra. El líder no sustituye al pueblo. Le da dirección, disciplina y expresión militar.
Por eso, Luperón no debe ser separado de aquellos miles de hombres y mujeres que hicieron posible su grandeza.Porque detrás de él estaba la montaña. Estaban los campesinos. Estaban los jóvenes. Estaban los combatientes anónimos. Estaban las mujeres que alimentaron, curaron, escondieron, informaron y desafiaron al poder anexionista. Estaban las comunidades que sostuvieron la resistencia. Estaba, en definitiva, el pueblo dominicano en armas.
Y entonces podemos comprender la verdadera dimensión de aquella frase: Si Luperón es la espada de la Restauración, el pueblo en rebelión contra la Anexión, fue el gran artesano de aquella espada.
Porque una espada no se fabrica sola. Necesita fuego.Necesita golpe. Necesita temple. Necesita manos que la forjen. Y el fuego de Luperón fue la indignación de un pueblo. El golpe fue la guerra. El temple fue el sacrificio. Y las manos que lo forjaron fueron las de una nación que se negó a morir como República.
Por eso afirmamos: Luperón es la espada por antonomasia del pueblo dominicano en armas.
No porque estuviera por encima del pueblo. Sino porque estaba hecho de pueblo. No porque representara una aristocracia militar. Sino porque desde su origen compartió la condición y la aspiración de quienes luchaban.
No porque hubiese recibido la gloria antes de combatir.Sino porque fue la guerra la que descubrió su capacidad.Y fue el pueblo combatiente el que hizo posible que aquella capacidad se transformara en liderazgo.
La trayectoria militar de Luperón demuestra esa transformación. De joven combatiente pasó a líder. De líder a general. Y de general a símbolo. Su valentía y su capacidad de liderazgo le permitieron destacarse en acciones como La Canela y Arroyo Bermejo.
Pero su verdadero mérito no está solamente en haber ganado combates. Está en haber comprendido, como los demás grandes jefes restauradores, que aquella guerra exigía mucho más que valor individual. Exigía estrategia.Disciplina. Movilidad. Conocimiento del territorio.Capacidad de organización.
Pero, sobre todo, una voluntad colectiva capaz de sostener la guerra hasta que el ocupante comprendiera que permanecer en la República tenía un costo superior al que podía soportar.
Así debemos mirar a Luperón. No como un héroe aislado.Sino como la culminación de una cadena. Como la expresión militar de una tradición que había comenzado mucho antes.
Las Cincuentenas habían enseñado que el ciudadano podía convertirse en combatiente. Duarte enseñó que la soberanía no se negocia. Sánchez enseñó que la independencia podía defenderse hasta el sacrificio. Mella convirtió la voluntad independentista en acción militar. Y la Restauración tomó todo aquello y lo convirtió en guerra popular.
Entonces surgió Luperón. Y en él, aquella tradición encontró una espada. Una espada que no pertenecía a un hombre. Pertenecía a una causa. Y detrás de aquella causa estaba un pueblo.
Por eso debemos tener cuidado con la manera en que contamos la historia. Porque si solamente pronunciamos los nombres de los grandes generales, corremos el riesgo de invisibilizar a los miles que hicieron posible sus victorias.
La historia militar suele recordar al comandante. La memoria nacional debe recordar también al pueblo que combatió. Al que marchó. Al que alimentó. Al que informó.Al que escondió. Al que curó. Al que murió. Al que regresó. Al que perdió su casa. Al que perdió su cosecha.Al que vio incendiarse su ciudad. Al que soportó hambre, enfermedad, desplazamiento y muerte. Y aun así, siguió resistiendo.
La grandeza de la Restauración no está solamente en que los dominicanos combatieron. Está en que vencieron auna potencia imperial en una guerra profundamente asimétrica. Un ejército popular, armado precariamente, compensó su inferioridad material con nacionalismo, movilidad, conocimiento del territorio y voluntad de resistencia.
Y cuando finalmente, la bandera dominicana volvió a ondear sobre el Baluarte del Conde, aquella bandera no regresaba intacta. Regresaba herida. Regresaba empobrecida. Regresaba después de una guerra devastadora. Regresaba con pueblos destruidos y con miles de muertos. Pero regresaba libre.
Y esa imagen resume toda la epopeya. Una bandera que había sido arriada y que volvía a subir. Un pueblo que había sido sometido y que volvía a levantarse. Una República que había sido entregada y que era recuperada por sus hijos. Eso es restaurar.
Restaurar no significa volver exactamente al lugar donde estábamos. Significa recuperar aquello que nunca debimos perder. Y por eso, la Restauración no puede terminar en 1865. Porque si termina allí, habremos hecho historia. Pero no habremos comprendido su lección.
La pregunta que nos deja la Restauración no es solamente: ¿Quién fue Luperón? La pregunta es: ¿Qué hizo posible que Luperón fuera Luperón? Y la respuesta es: un pueblo.
Un pueblo que entendió que la defensa de la República no era asunto exclusivo de los militares. Que la patria se defiende desde todos los lugares. Que la primera trinchera de la soberanía es la conciencia. Que una nación no permanece libre únicamente por la fuerza de sus armas, sino por la fuerza moral de sus ciudadanos.
Por eso, Luperón sigue hablándonos. No para que repitamos su guerra. Sino para que comprendamos su coraje. No necesitamos hoy el machete de Luperón.Necesitamos su determinación. No necesitamos repetir sus batallas. Necesitamos asumir su sentido del deber.
Ellos tuvieron que enfrentarse a un ejército extranjero.Nosotros tenemos que enfrentarnos a nuestras propias debilidades. Ellos tuvieron que recuperar una bandera.Nosotros tenemos que mantenerla en alto. Ellos restauraron la República después de una guerra. A nosotros nos corresponde restaurarla cada día.
Con educación. Con trabajo. Con honestidad. Con ciencia. Con justicia. Con ciudadanía. Con productividad.Con respeto a las instituciones. Con defensa del bien común. Con la convicción de que la República no pertenece a una generación. Cada generación la recibe en custodia. Y tiene el deber de entregarla a la siguiente más libre, más justa, más educada, más próspera, más digna y más soberana.
Por eso, cuando pronunciemos el nombre de Gregorio Luperón, no pensemos solamente en el general.Pensemos en el joven humilde de Puerto Plata.Pensemos en el combatiente que entró en la guerra cuando la patria estaba en peligro. Pensemos en el hombre que fue creciendo junto con la causa que defendía. Pensemos en el líder que emergió porque un pueblo necesitaba líderes. Pensemos en la espada. Pero no olvidemos nunca quién la forjó. El pueblo.
El pueblo dominicano. El pueblo que heredó siglos de resistencia. El pueblo de las Cincuentenas. El pueblo de Duarte. El pueblo de Sánchez. El pueblo de Mella. El pueblo de Capotillo. El pueblo de la montaña. El pueblo del machete. El pueblo de las mujeres que resistieron. El pueblo que convirtió cada sendero en una línea de combate y cada comunidad en una trinchera de libertad.Ese pueblo hizo a Luperón.
Y Luperón, elevado por ese pueblo, convirtió su espada en instrumento de la República. Por eso podemos decir hoy, con legítimo orgullo: Luperón fue la espada de la Restauración. Pero detrás de aquella espada estuvo el brazo de miles. Detrás del general estuvo el ejército.Detrás del ejército estuvo el pueblo. Y detrás del pueblo estuvo una idea: que la República Dominicana debía ser libre.
Esa es la grandeza de Luperón. Y esa es, todavía más, la grandeza del pueblo que lo hizo posible. Porque al final de toda gran epopeya nacional, el héroe tiene un nombre.Pero la victoria tiene un pueblo. Y la Restauración fue la victoria de un pueblo que decidió levantarse, convertirse en ejército y recuperar su República.
Por eso, cuando hoy honramos a Gregorio Luperón, honramos también a quienes lo hicieron posible. A los conocidos y a los desconocidos. A los que aparecen en los documentos y a los que quedaron sin nombre. A los generales y a los soldados. A los hombres y a las mujeres.
A los que empuñaron el machete y a los que sostuvieron la guerra desde el hogar, el camino, la montaña y la comunidad. Porque todos ellos fueron parte de una misma espada. Y esa espada tenía un nombre: la voluntad del pueblo dominicano.
Que viva, entonces, la memoria de Capotillo.
Que viva la memoria de los restauradores.
Que viva Gregorio Luperón, hijo de aquella guerra y espada de aquel pueblo.
Y que viva para siempre la República Dominicana:
La República que un pueblo supo recuperar cuando quisieron arriarle su bandera;
La República que un pueblo supo defender cuando quisieron negarle su soberanía;
La República que un pueblo convirtió en causa colectiva;
La República que debemos recibir, defender y entregar, cada generación, más libre y más digna.
Recordemos esto siempre: la Restauración no fue solamente la victoria de unos generales. Fue la victoria de una nación. Y Gregorio Luperón no fue solamente un gran comandante: Fue la espada por antonomasia de un pueblo dominicano convertido en ejército de la libertad.
Muchas gracias!!!
