Por Socrates Suazo

Tesis central: La Guerra de la Restauración constituye la epopeya que mejor define la tradición histórica dominicana de defensa de la nación, porque en ella convergen la experiencia de resistencia acumulada durante siglos, el ideal trinitario de independencia absoluta y la movilización popular de un pueblo convertido en ejército libertador.
INTRODUCCIÓN
CUANDO UNA NACIÓN DECIDE DEFENDERSE
Hay acontecimientos que pertenecen a la historia. Hay otros que, por la magnitud de lo que representan, pertenecen a la conciencia de un pueblo. La Guerra de la Restauración pertenece a esa segunda categoría.
Cuando el 16 de agosto de 1863 un grupo de dominicanos cruzó la frontera norte, penetró en territorio nacional y en el cerro de Capotillo volvió a levantar la bandera de la República, no estaba comenzando simplemente una guerra. Estaba comenzando una epopeya.
No era solamente el levantamiento de unos hombres contra un ejército extranjero. Era la respuesta de una nación que se negaba a aceptar que la soberanía pudiera ser entregada, que la independencia pudiera ser negociada y que la República pudiera desaparecer por voluntad de malos gobernantes. Capotillo fue, por eso, mucho más que un lugar. Fue un pronunciamiento.
El Grito de Capotillo fue la afirmación de que una nación puede ser ocupada, puede ser derrotada temporalmente, puede incluso ser despojada de sus instituciones, pero mientras conserve hombres y mujeres dispuestos a defender su libertad, la nación no ha muerto.
La historiografía dominicana registra el 16 de agosto de 1863 como el inicio de la Guerra Restauradora, cuando los dominicanos enarbolaron nuevamente la bandera nacional en Capotillo como señal de independencia y restauración de la República.
Dos años después, entre el 10 y el 15 de julio de 1865, las tropas españolas abandonaban definitivamente el territorio dominicano. El 10 de julio comenzó el embarque; el 11, las tropas restauradoras entraron en Santo Domingo. Para entonces, la Corona española había derogado la anexión mediante decreto del 3 de marzo de 1865, pero todavía quedaba por resolver la salida efectiva de las tropas y la plena recuperación de la soberanía.
Entre Capotillo y la retirada española hay, entonces, casi dos años de combates, sacrificios, incendios, fusilamientos, hambre, epidemias, desplazamientos y muerte. Pero también hay algo más profundo: un pueblo aprendiendo nuevamente a defenderse. Y esa es la perspectiva desde la cual quiero proponer esta reflexión.
No pretendo resolver aquí la conocida discusión historiográfica sobre si la Independencia de 1844 o la Restauración de 1863-1865 debe considerarse la verdadera independencia dominicana. 1844 proclamó la separación del dominio haitiano y fundó la República. 1863 proclamó la restauración frente a una potencia colonial europea que había borrado nuevamente la soberanía dominicana.
Son procesos diferentes, nacidos de circunstancias distintas y con significados históricos que deben ser estudiados en sus contextos. Pero hay una pregunta que me parece todavía más fecunda:
¿Qué nos dice la Restauración sobre la manera en que los dominicanos hemos aprendido, a través de los siglos, a defender nuestra nación? Mi tesis es esta: La Restauración es la epopeya que mejor define la tradición histórica de defensa de la nación dominicana.
Porque en ella confluyen las antiguas resistencias de los pueblos originarios, el cimarronaje y sus comunidades de refugio, las experiencias de las Cincuentenas, las guerras de separación frente a Haití, el pensamiento independentista de Duarte y la participación masiva de un pueblo que convirtió la defensa de la República en una causa colectiva. La Restauración no nació de la nada. La Restauración venía de lejos.
LA NACIÓN APRENDIÓ A RESISTIR
Mucho antes de que existiera la República Dominicana y se pronunciara la palabra independencia, y mucho antes de que Duarte soñara con una patria libre, en esta tierra ya existía una experiencia de resistencia. Los pueblos originarios enfrentaron la conquista y desarrollaron diversas formas de oposición al poder colonial. No se trató de una guerra convencional. No podía serlo.
El conquistador disponía de armas, caballería, armaduras, organización militar y una estructura de poder desconocida para los nativos. La respuesta tuvo que surgir de otra lógica: conocimiento del territorio, movilidad, sorpresa, emboscada, aprovechamiento de la montaña, retirada estratégica, ataque inesperado, capacidad de desaparecer en el territorio después de golpear. En otras palabras:
las primeras experiencias de guerra irregular y de resistencia activa que conoció esta tierra.
Durante la época colonial, esa tradición encontraría una nueva expresión en la resistencia de los africanos esclavizados y de los cimarrones. Los hombres y mujeres que escapaban de la esclavitud no se refugiaban en ciudades fortificadas ni podían organizar grandes ejércitos. Buscaban refugio en la montaña. Creaban comunidades: manieles y palenques con sistemas de vigilancia y defensa.
Y desde aquellos territorios difíciles de penetrar por las fuerzas coloniales desarrollaban formas de resistencia que combinaban conocimiento geográfico, movilidad, sorpresa y hostigamiento. Los estudios históricos sobre el cimarronaje dominicano documentan precisamente la existencia de manieles y palenques como comunidades organizadas que se protegían militarmente frente a las cuadrillas enviadas para capturarlos.
La montaña se convirtió en territorio de libertad. Y esta es una idea fundamental para comprender nuestra tradición defensiva. El dominicano aprendió tempranamente, que cuando no podía vencer al enemigo en sus condiciones, podía obligarlo a combatir en las propias:
Que cuando no tenía superioridad de armas, podía tener superioridad de territorio. Cuando no tenía grandes formaciones militares, podía convertir la movilidad en arma. Cuando no podía enfrentar al adversario frontalmente, podía desgastarlo hasta hacer insoportable su permanencia. Esa experiencia no desapareció. Se transformó.
CINCUENTENAS: ORIGEN DE LA DEFENSA ORGANIZADA DEL TERRITORIO
En el siglo XVII aparecen las Cincuentenas. Se las identifica desde 1630 como grupos de hombres a caballo, diestros en el uso de la lanza y el machete, concebidos para impedir incursiones de cazadores de reses y bucaneros, posteriormente vinculados a la defensa territorial. En ellas encontramos algo que después será recurrente en nuestra historia:
el ciudadano convertido en combatiente cuando la nación está en peligro. No se trataba necesariamente de grandes ejércitos profesionales.
Eran hombres conocedores del territorio, de sus caminos, sus ríos, sus montañas y sus sabanas. Hombres acostumbrados a sobrevivir en condiciones difíciles. Hombres para quienes defender la tierra no era una abstracción. Era defender el lugar donde estaban sus familias, sus animales, sus cosechas, sus comunidades y su propia existencia. Las Cincuentenas participaron en episodios decisivos de la defensa de Santo Domingo, incluida la resistencia frente a la expedición inglesa de Penn y Venables en 1655. Y aquella experiencia dejó una enseñanza que atravesaría generaciones:
la defensa nacional no comienza necesariamente en los cuarteles; comienza en la conciencia de que el territorio propio merece ser defendido.
DE LA DEFENSA DEL TERRITORIO A LA DEFENSA DE LA REPÚBLICA
Cuando llegamos al siglo XIX, aquella experiencia acumulada encuentra una nueva dimensión. Ya no se trata únicamente de defender poblaciones, haciendas, caminos o fronteras. Ahora comienza a defenderse una idea: la nación.
Y esa idea adquiere forma política en el pensamiento de Juan Pablo Duarte y los trinitarios. Aquí se produce una transformación extraordinaria. La tradición defensiva deja de ser solamente territorial. Se convierte en una tradición de soberanía. Duarte no concibió una República dependiente. No concibió una nación protegida por una potencia extranjera. No concibió una independencia bajo tutela. Su ideal fue radicalmente claro:
la República debía ser libre e independiente de toda potencia extranjera.
Por eso, la Guerra de la Restauración debe ser entendida también como una prolongación histórica del pensamiento trinitario. No como una repetición mecánica de 1844. Sino como la reafirmación de su principio esencial. El principio de que la soberanía no se transfiere. El principio de que la independencia no se negocia. El principio de que una nación no deja de ser libre porque sus circunstancias sean adversas. Y aquí aparece una de las figuras fundamentales de esta conferencia:
Juan Pablo Duarte.
Después de veinte años de ausencia, Duarte regresó a su patria en 1864 dispuesto a asumir el riesgo de la lucha. En una de sus cartas más contundentes, dejó escrita una declaración que constituye quizá uno de los documentos más extraordinarios del pensamiento nacional dominicano:
“Si después de veinte años de ausencia he vuelto espontáneamente a mi Patria a protestar con las armas en la mano contra la anexión a España…”
Y después elevó aquella protesta hasta convertirla en principio permanente:
“…protestaré siempre […] contra cualquiera otra potencia de la tierra.”
La carta es inequívoca: Duarte vinculaba la defensa frente a España con una concepción mucho más amplia de independencia nacional, rechazando cualquier tratado que menoscabara la soberanía, el territorio o los derechos del pueblo dominicano. Esto es extraordinariamente importante. Porque Duarte no estaba diciendo:
“Estoy contra España porque es España”.
Estaba diciendo algo mucho más profundo: estoy contra toda potencia que pretenda sustituir la voluntad soberana del pueblo dominicano.
Por eso la Restauración puede ser leída como una reafirmación armada del ideal trinitario. La bandera que volvió a levantarse en Capotillo no era una bandera nueva. Era la misma bandera de la República. La misma que había nacido en 1844. La misma que había sido arriada en 1861. La misma que Sánchez defendió con su sangre. La misma que Mella había ayudado a conquistar. La misma que Duarte regresó a defender.
SÁNCHEZ: VERTICALIDAD HASTA EL SACRIFICIO
Y si hablamos de continuidad del ideal trinitario, Francisco del Rosario Sánchez ocupa un lugar inevitable. Sánchez no aceptó la Anexión. Y cuando intentó organizar la resistencia, fue perseguido, capturado y fusilado el 4 de julio de 1861. Su muerte no fue solamente la ejecución de un hombre. Fue el intento de ejecutar una idea.
Pero las ideas que nacen de la libertad tienen una particularidad: pueden fusilar al hombre, pero no pueden fusilar su ejemplo. Sánchez murió, pero la resistencia continuó. Y continuaría dos años después en Capotillo.
Por eso, cuando contemplamos la Restauración desde una perspectiva histórica amplia, encontramos una línea de continuidad:
Duarte piensa la independencia.
Sánchez la defiende.
Mella la arma.
Los restauradores la recuperan.
No son episodios aislados. Son estaciones de una misma tradición nacional.
LA GUERRA DE UN PUEBLO
Pero aquí llegamos al elemento que, a mi juicio, otorga a la Restauración su singularidad. La Restauración no fue solamente una guerra de generales. Fue una guerra de pueblo. Y eso cambia completamente su significado.
España disponía de un ejército profesional. Disponía de disciplina. Disponía de armas modernas para la época. Disponía de artillería. Disponía de experiencia militar. Disponía de una estructura imperial.
Los dominicanos disponían de algo diferente: conocimiento del territorio, movilidad, redes comunitarias, voluntad de resistencia y una decisión colectiva de no aceptar el dominio extranjero. Y, sobre todo, disponían de un pueblo que no necesitó esperar a convertirse en ejército para defender la República. Se convirtió en ejército porque la República estaba en peligro.
Ese es el corazón de la Restauración. No fueron solo Gregorio Luperón, Gaspar Polanco, Santiago Rodríguez, Benito Monción, Pedro Antonio Pimentel y José Antonio Salcedo. Fueron ellos y los miles que hicieron posible que sus decisiones se transformaran en victoria. Fueron los campesinos. Los jornaleros. Los comerciantes. Los artesanos. Los jóvenes. Las mujeres.
Es decir, los y las que transportaban alimentos, escondían combatientes, cuidaban heridos, llevaban municiones, transmitían información, abrían o cerraban caminos o servían de vigías. Los que, sin aparecer en los grandes relatos militares, hicieron posible que la guerra pudiera continuar.
La Restauración fue una guerra popular porque la defensa de la nación dejó de ser una tarea exclusiva de los combatientes y se convirtió en una responsabilidad colectiva.
EL MACHETE CONTRA EL IMPERIO
Hay algo simbólico en la imagen del restaurador dominicano: Un hombre a pie. Muchas veces descalzo. Con un machete. Con pocas municiones. Con escasos recursos. Frente a un ejército imperial. Y, sin embargo, la imagen de ese hombre, ese combatiente a pie siempre avanzando.
La superioridad militar no siempre se mide por la cantidad de fusiles. También se mide por la capacidad y voluntad de resistencia. Por la capacidad de volver después de haber sido derrotado, de convertir cada derrota en aprendizaje, de convertir cada montaña en refugio y cada sendero en una vía de ataque, de convertir una población entera en una red de resistencia.
La Restauración perfeccionó una tradición de guerra irregular que tenía raíces más antiguas. Los restauradores no necesitaban destruir de una vez al ejército español. Necesitaban hacerlo incapaz de ganar. Necesitaban desgastarlo. Hostigarlo. Cortar sus comunicaciones. Aislar sus posiciones. Negarle el control efectivo del territorio. Y hacerle cada vez más costosa su permanencia.
Así, la guerra dejó de ser una simple sucesión de batallas. Se convirtió en una estrategia nacional de desgaste del ocupante. Y esa estrategia terminó imponiendo una verdad militar y política: un territorio puede ser ocupado sin ser conquistado; un pueblo puede ser sometido temporalmente sin ser vencido.
LAS MUJERES TAMBIÉN HICIERON LA GUERRA
Aquí debemos corregir otra deuda de nuestra memoria. Cuando hablamos de la Restauración solemos enumerar generales. Pero una guerra popular no se hace solamente con generales. Se hace también con mujeres. Con mujeres que alimentaron, transportaron, escondieron, curaron, informaron, desafiaron, protestaron. Mujeres que arriesgaron la vida.
La tradición histórica ha conservado nombres como los de Canela Mota, Águeda Rodríguez Salcedo y Antonia Batista, cuya participación permite comprender que la defensa nacional no fue patrimonio exclusivo de los hombres de armas.
El caso de Canela Mota resulta particularmente poderoso como símbolo de resistencia civil. El gesto de una mujer que desafía públicamente la posición anexionista de su propio padre y sale a las calles de Baní con la bandera dominicana constituye una imagen extraordinaria de lo que significa convertir el patriotismo en acción pública.
No hay allí un fusil, una trinchera, una batalla. Hay una bandera. Hay una mujer. Hay una voz. Y hay un pueblo mirando. Eso también es defensa nacional. Porque antes de que una nación se defienda con las armas, debe existir una conciencia dispuesta a defenderla. La primera trinchera de la soberanía es la conciencia.
Y aquella mujer, como tantas otras cuyos nombres quedaron ocultos detrás de la historia militar, nos recuerda que las guerras de liberación también se ganan en las cocinas, en los caminos, en los hogares, en las plazas, en los hospitales improvisados y en los silencios valientes de quienes sostienen una causa cuando todo parece perdido.
LA RESTAURACIÓN COMO VICTORIA NACIONAL
La grandeza de la Restauración no reside solamente en que los dominicanos combatieron. Reside en que vencieron. Y vencieron en condiciones extraordinariamente difíciles. La guerra fue devastadora. Santiago fue incendiada. Puerto Plata sufrió los estragos de la confrontación. Los campos fueron destruidos. La población sufrió hambre, enfermedad, desplazamientos y muerte. Pero la resistencia no desapareció. Por el contrario: se hizo más profunda.
Mientras la guerra avanzaba, España fue comprendiendo que la ocupación tenía un costo cada vez más difícil de sostener. La derrota española no fue resultado de un solo combate, sino de una guerra en la que los restauradores fueron haciendo cada vez más difícil la permanencia imperial.
El 3 de marzo de 1865, Isabel II firmó el decreto que derogaba la anexión. Sin embargo, el conflicto no terminó inmediatamente, porque todavía permanecían tropas españolas en el territorio y el Gobierno Restaurador debía garantizar que su salida no estuviera condicionada por acuerdos que limitaran la soberanía dominicana. El presidente Pedro Antonio Pimentel sostuvo esa posición hasta conseguir la retirada.
El 10 de julio comenzó el embarque. El 11 de julio, las tropas restauradoras entraron en Santo Domingo. Y sobre el Baluarte del Conde volvió a ondear la bandera dominicana. La República regresaba. No regresaba intacta. Regresaba herida. Regresaba empobrecida. Regresaba con miles de muertos. Regresaba con pueblos destruidos. ¡Pero regresaba libre!
Y acaso esa sea una de las imágenes más poderosas de toda nuestra historia: una bandera que vuelve a subir después de haber sido arriada. Eso es restaurar. Restaurar no significa regresar exactamente al lugar donde estábamos. Significa recuperar aquello que no debimos perder.
¿QUÉ TENEMOS QUE RESTAURAR HOY?
Una conferencia sobre la Restauración no debería terminar en 1865. Porque si termina allí, habremos hecho historia. Y nada más.
Recordar y conmemorar es importante. Honrar a los héroes es un deber. Pero una nación que solamente recuerda a sus héroes y no escucha sus lecciones corre el riesgo de convertir la memoria en ceremonia vacía.
Por eso la pregunta verdaderamente importante no es: ¿Qué ocurrió en Capotillo? La pregunta es: ¿Qué significa Capotillo para nosotros hoy? ¿Qué significa restaurar una República en el siglo XXI? Porque la República puede ser amenazada de muchas maneras. No siempre llega una potencia extranjera con soldados. A veces la amenaza llega disfrazada de indiferencia. De corrupción. De irresponsabilidad. De impunidad. De mediocridad. De violencia. De falta de civismo. De abandono de la educación. De desprecio por las instituciones. De egoísmo. De intolerancia. De deshonestidad. De la falsa convicción de que “lo público no es de nadie”.
Entonces comprendemos que la defensa nacional no puede reducirse a una dimensión militar. Una nación se defiende también construyendo ciudadanía, educando, trabajando, respetando las leyes, pagando los impuestos, rechazando la corrupción, protegiendo el patrimonio, respetando al otro, cumpliendo el deber, conduciendo responsablemente por las calles, cuidando el medio ambiente, formando profesionales competentes y ciudadanos íntegros, haciendo bien aquello que cada uno tiene la responsabilidad de hacer.
Porque la soberanía no solamente se pierde cuando otro país ocupa nuestro territorio. También se debilita cuando nosotros mismos abandonamos aquello que sostiene la República.
LA REPÚBLICA SE RESTAURA DESDE LAS AULAS
La República se restaura cada día desde las aulas. Cuando un maestro enseña con vocación. Cuando una universidad forma profesionales competentes. Cuando un estudiante entiende que aprender no es solamente obtener un título, sino prepararse para servir a la sociedad. Cuando el conocimiento se pone al servicio del país.
Una República ignorante es una República vulnerable, sin pensamiento crítico es vulnerable, sin científicos, sin profesionales, sin maestros, sin investigadores y sin ciudadanos preparados es vulnerable. Por eso cada estudiante que aprende con responsabilidad está haciendo, en cierta forma, una pequeña obra de restauración nacional. También se defiende la Patria estudiando.
LA REPÚBLICA SE RESTAURA DESDE EL HOGAR
Se restaura desde el hogar. Cuando una madre enseña respeto. Cuando un padre enseña honestidad. Cuando una familia educa en responsabilidad. Cuando nuestros hijos aprenden que amar al país no significa solamente ondear una bandera en agosto. Significa respetar al vecino. Cumplir la palabra. Cuidar lo que pertenece a todos. No tomar lo ajeno. No destruir lo público. Ayudar al que lo necesita. Ser solidario. Ser ciudadano.
Porque antes de tener buenos servidores públicos necesitamos buenos ciudadanos. La ciudadanía comienza mucho antes de la urna electoral. Comienza en casa.
LA REPÚBLICA SE RESTAURA EN EL TRABAJO
Se restaura en la oficina. En la fábrica. En el taller. En la empresa. En el campo. En la universidad. En cada lugar donde un dominicano realiza su trabajo.
Se restaura cuando un gerente es justo. Cuando un empleado es honesto. Cuando un profesional cumple. Cuando un funcionario entiende que administrar recursos públicos es administrar bienes que pertenecen a todos.
Se restaura cuando dejamos de preguntar: “¿Qué gano yo?” y comenzamos a preguntar: “¿Qué aporto yo?” Porque una nación no progresa únicamente por las grandes decisiones de sus gobiernos. Progresa por la suma de millones de pequeñas decisiones cotidianas.
LA REPÚBLICA SE RESTAURA EN EL SERVICIO PÚBLICO
La República se restaura cuando el poder se entiende como servicio. Cuando el funcionario resiste la tentación del privilegio. Cuando entiende que ocupar una posición no lo hace dueño del Estado. Cuando administra con transparencia. Cuando rechaza el soborno. Cuando no utiliza su posición para enriquecerse. Cuando entiende que cada recurso público tiene detrás el esfuerzo de una familia dominicana que trabaja, paga impuestos y espera que el Estado cumpla su responsabilidad.
El restaurador de 1863 tenía frente a sí un enemigo extranjero. El servidor público de hoy tiene otro desafío: vencer la corrupción que puede instalarse dentro de nosotros mismos. Y esa batalla también requiere valor. Porque hay ocasiones en que defender la República significa decir:
NO.
No al privilegio indebido, al abuso, al soborno, al tráfico de influencias, a la impunidad, a la apropiación de lo que pertenece a todos.
La Restauración nos enseña que la defensa de la nación requiere la verticalidad de Duarte. La verticalidad de Sánchez. La verticalidad de los restauradores.
LA REPÚBLICA SE RESTAURA EN LA CALLE
Y sí: también se restaura conduciendo. Cuando respetamos una señal de tránsito. Cuando cedemos el paso. Cuando no manejamos de manera temeraria. Cuando entendemos que la vida del otro vale tanto como la nuestra.
Parece pequeño. Pero no lo es. Una nación civilizada se construye precisamente con esas pequeñas conductas. Porque el patriotismo no puede vivir únicamente en los discursos. Debe aparecer en los comportamientos.
La Patria también se ama cuando se respeta la vida del desconocido que conduce junto a nosotros.
CONCLUSIÓN: RESTAURAR ES UNA TAREA DE TODOS LOS DÍAS
La Guerra de la Restauración comenzó en una montaña. Pero su significado no terminó allí. Comenzó con unos hombres que levantaron una bandera. Pero terminó con un pueblo entero recuperando la República. Comenzó con el grito de Capotillo. Pero culminó con la salida de las tropas españolas y el regreso de la bandera dominicana al Baluarte del Conde. Comenzó como una insurrección. Terminó como una victoria nacional.
Por eso la Restauración ocupa un lugar singular en nuestra memoria. Porque allí encontramos sintetizados muchos de los elementos que han acompañado nuestra historia de defensa: la resistencia indígena; la rebeldía cimarrona; la experiencia de los manieles y palenques; la tradición de las Cincuentenas; la defensa territorial; las guerras de separación; el ideal trinitario; la verticalidad de Duarte; el sacrificio de Sánchez; la estrategia de Mella; el liderazgo de Luperón, Polanco, Monción, Pimentel, Santiago Rodríguez y tantos otros; y, sobre todo,
el pueblo dominicano convertido en ejército de la libertad.
Por eso, cuando hoy pronunciamos la palabra Restauración, no deberíamos pensar únicamente en una guerra del siglo XIX. Deberíamos pensar en una responsabilidad permanente. Porque la República no fue restaurada una sola vez.
La República necesita ser restaurada todos los días. La Patria es una conducta.
Los restauradores no nos dejaron solamente una República. Nos dejaron una pregunta. Una pregunta que cada generación debe responder:
¿Estamos dispuestos a defenderla?
Ellos tuvieron que defenderla con el machete. Nosotros tenemos que defenderla con la educación, con el trabajo, con la honestidad, con la ciencia, con la justicia, con la productividad, con la ciudadanía y con el ejercicio responsable de nuestras libertades.
Ellos tuvieron que enfrentarse a un ejército extranjero. Nosotros tenemos que enfrentarnos a nuestras propias debilidades.
Ellos tuvieron que recuperar una bandera. Nosotros tenemos que mantenerla en alto.
Ellos restauraron la República después de una guerra. A nosotros nos corresponde restaurarla cada día con nuestras acciones.
Porque cada vez que un dominicano cumple con su deber, cada vez que una dominicana actúa con honestidad, cada vez que un maestro forma un ciudadano, cada vez que un padre educa con valores, cada vez que un servidor público rechaza la corrupción, cada vez que un profesional trabaja con excelencia, cada vez que un joven decide prepararse para servir a su país, cada vez que alguien respeta la ley aunque nadie lo esté mirando, cada vez que alguien antepone el bien común a su conveniencia,
la República vuelve a levantarse.
Quizá esa sea la lección más grande de Capotillo: que las naciones no permanecen libres por la fuerza de sus armas, sino por la fuerza moral de sus ciudadanos.
Hoy, frente a la memoria de los restauradores, no basta con decir: ¡Viva la Restauración!
Tenemos que preguntarnos qué estamos haciendo nosotros para merecerla. No basta con recordar a Luperón. Hay que practicar su coraje. No basta con venerar a Sánchez. Hay que asumir su verticalidad. No basta con admirar a Duarte. Hay que defender su principio de una República libre e independiente de toda potencia extranjera. No basta con honrar a los campesinos que marcharon descalzos detrás de la bandera. Hay que caminar con dignidad, detrás de los valores que hicieron posible aquella victoria.
Una nación se honra realmente cuando transforma la memoria de sus héroes en conducta de sus ciudadanos. Ciento sesenta y tres años después de aquel 16 de agosto de 1863, podemos mirar hacia Capotillo y comprender que aquel grito todavía no ha terminado. Porque aquel grito decía:
¡La República vive!
Y hoy nos corresponde responder: ¡Y nosotros tenemos el deber de mantenerla viva!
La Restauración no es solamente lo que ocurrió entre 1863 y 1865. La Restauración es una tradición. Es una conciencia. Es una responsabilidad. Es una manera de entender la libertad. Es la certeza de que ninguna generación recibe la República en propiedad. La recibe en custodia. Y debe entregarla a la generación siguiente: más libre, más justa, más educada, más próspera, más digna, más soberana.
Al final, restaurar la Patria es defenderla.
Y defenderla no es solamente empuñar un arma. Es empuñar el deber. Empuñar la honestidad. Empuñar el conocimiento. Empuñar la justicia. Empuñar la solidaridad. Empuñar la dignidad.
Que viva, entonces, la memoria de Capotillo.
Que viva la memoria de los restauradores.
Que viva el ideal trinitario de una Patria libre y soberana.
Y, sobre todo:
que viva la República Dominicana, restaurada ayer por nuestros héroes y restaurada hoy, cada día, por el deber de todos sus hijos.
Muchas gracias.
